¿Por qué la clase trabajadora vota al hijo del jefe? | Xuntanza · Faciendo país


¿Por qué la clase trabajadora vota al hijo del jefe?

11/03/2018

¿por qué la clase trabajadora vota al hijo del jefe?

Sesudos analistas políticos se hacen de cruces, pues no entienden muy bien por qué las capas más perjudicadas por las políticas de la derechona persisten en seguir votándoles. Las sucesivas elecciones de nuestro pasado reciente, así lo confirman. Voy a aventurarme en explicarlo a través de una teoría que seguramente no resultará original, pero la verdad es que no logro verla expresada en ningún medio, por mucho que leo sobre estos temas.

Mi propuesta comienza en trazar, en grandes rasgos, el tipo de sociedad en la que nos hemos convertido. A fuerza de insuflarnos machaconamente desde todos los medios disponibles a su alcance (que son muchos), el capitalismo nos ha convertido en meros consumidores, tanto de de sus productos como de su conducta. Ambos aspectos quedan al margen de ideología y conciencia de clase porque, según sus representantes en la vida empresarial y política, eso ya pasó a la historia. Ahora, todas las personas somos libres de enriquecernos hasta el infinito o de empobrecemos de igual forma hasta que no quede nada de nosotras. Todo está en nuestra predisposición ante la vida: si compites, tienes posibilidades de ganar; si no compites, porque no quieres o no puedes, pues te transmitimos un sincero pésame. Como dijo Rodrigo Rato hace pocos días: <<Señores, esto es el mercado>>.

El grado de desconfianza al que hemos llegado con respecto a nuestros vecinos es tal, que nos es muy difícil pensar que alguien nos ofrezca su apoyo, si no es a cambio de algo. En este estado de cosas, las únicas certezas que se nos presentan son las que nos repiten insistentemente desde los medios de comunicación, por supuesto todos ellos en manos del capital (salvo muy pocas excepciones de seguimiento minoritario). Continuamente se nos dice que las comunidades humanas se tienen que regir por las leyes del mercado; es decir, que tienen que funcionar como una empresa.

Por elevación de esa idea ya incrustada en el tejido social, los Estados se han convertido en puras empresas en competencia entre ellos. La deuda infinita en la que nos han envuelto, es buena prueba de ello. Todos los años tiene que aumentar el PIB, para que la cuenta de resultados sea satisfactoria. Si toda esa riqueza de la que nos hablan, estuviera más equitativamente repartida, es indudable que nuestra vida -la de todas las personas- sería mucho mejor. Siguiendo con la analogía, como en toda empresa hay un dueño, en nuestro Estado español el dueño se llama IBEX35, una pequeña élite de empresas que manejan la mayoría accionarial de nuestro Estado-empresa.

En las distintas etapas del capitalismo, se ha probado con muchas formas para designar a la persona que dirigiera el Estado-empresa. Al principio, la forma hereditaria era indiscutible. La Revolución Rusa, con su alternativa de un orden diferente, hizo saltar las alarmas y se tuvieron que instalar los fascismos del periodo de entre guerras. Finalizada la II Guerra Mundial, y temiendo que la URSS se convirtiera en hegemónica en Europa, de nuevo saltaron las alarmas y se decidió crear un modelo de Capitalismo con cara amable (el estado del bienestar), y la democracia representativa llego a su máximo esplendor; unos partidos socialdemócratas, convertidos en social-liberales, hicieron el resto. Sin duda alguna, la clase media nacida en los llamados 30 gloriosos (de 1945 a 1975) en occidente, pueda considerarse el estadio más confortable al que ha llegado una sociedad en la historia. Aunque la prosperidad de estas sociedades no ha sido gratis, ni para el planeta ni para el resto de la humanidad.

El sistema de representación institucional en el que estamos inmersos, nos lo ponen fácil. Solamente tenemos que molestarnos un solo domingo por la mañana de cada cuatro años en acercarnos al colegio electoral correspondiente, y elegir entre las opciones de las que previamente nos han informado a través de SUS medios de comunicación “imparciales”. Desde luego, debemos entender las reglas del juego, por las cuales entre unas elecciones y otras, lo conveniente es dejar a los elegidos hacer su trabajo, sin molestarles mucho. Ante este tipo de sufragio, importado de la cuna del espectáculo USA, la presentación de los candidatos se hace de manera espectacular, sin reparar en gastos. Lógicamente, solo los candidatos que son de su confianza, serán bien tratados en los medios de comunicación.

Intentaré ejemplificar lo anteriormente expuesto con los personajes que fueron cartel electoral en las anteriores elecciones:

En primer lugar, se nos ofertaba para la dirección de la empresa a M. Rajoy, una persona que es un chiste andante, pero, como es de la familia, era SU apuesta favorita. Por lo tanto, la inversión en pirotecnia estába garantizada en todos sus actos. M. Rajoy viene siendo lo que puede denominarse como “el hijo del jefe”.

En segundo lugar teníamos a Pedro Sánchez, que pertenece a los cuadros técnicos de la empresa, por lo que se conoce perfectamente los entresijos de la misma y sabe que, para la buena marcha del negocio, no hay que llevar la contraria a los dueños. De hecho, compañeros suyos han dirigido la empresa con dicho criterio durante bastante tiempo. En suma, gente de confianza; un buen repuesto en caso de que la otra opción deje de convencer.

En tercer lugar, y aquí es donde se hace mas teatro, se presenta en sociedad a un tercer candidato, Pablo Iglesias, que durante un buen puñado de meses se le había paseado por todos los platós televisivos disponibles, y se le permitió armar un discurso ciertamente agresivo (de cara a que suban las audiencias, claro). Y cuando ya parece que se abre un camino de rosas para un candidato salido de abajo, con un discurso que ilusiona a las bases populares, rápidamente los dueños de la empresa se afanan en publicitar, a través de sus dóciles voceros, que si acaso nos atrevemos a votar en masa a este candidato, pues NI AGUA. Así, nos ponían el ejemplo de los Estados-empresa europeos que se habían permitido no votar a los elegidos por los dueños: Grecia, por ejemplo. Dos semanas de corralito bancario, y se les fue la tontería.

Por último, si teníamos ganas de cambiar de caras, nos ofrecían una cuarta opción, siempre de confianza y totalmente prefabricada: Alberto Rivera. Única y exclusivamente para que “el hijo del jefe” no tuviera problemas a la hora de gobernar. La opción Rivera, lleva camino de convertirse en el rostro con más fuegos de artificio de cara a unas próximas elecciones.

Las encuestas de intención de voto, no dejan de darme la razón. Si sumamos los votos de PP, PSOE y Cs, estamos ante más de un 80% de electorado sin ninguna intención de que cambie nada. Lo tiene muy difícil quien intente convencerme de que la vía institucional es la mejor para trasformar la sociedad. Las cartas están marcadas.

Fernando Ferreras Argüello. “Ferres”

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