La Invención de la Nación Española (I)

21/02/2018

toro osborne bandera de espana

Dentro de ese constructo ideológico que es el nacionalismo español, la historia ha sido el arma principal legitimadora del ideario nacionalista español. Mucho se ha escrito sobre el origen de la nación española como verdad y realidad intangible o como mito, y sobre si se trata en verdad de una nación unitaria o de un conjunto de distintas naciones con un Estado común.

Pero lo cierto es que, ateniéndonos a la Historia, podemos afirmar sin lugar a equivocarnos que la nación española, única e indivisible, no es sino una invención creada durante el liberalismo decimonónico (con una raigambre previa anclada en el absolutismo borbónico, como después veremos), momento en que se buscan argumentos para justificar la existencia de una nación española unitaria a lo largo de la Historia, una nación con la que pudieran identificarse todos los pueblos que componían la Corona española. Así, tenemos que el caso español no es una nación que buscara crear un Estado (algo que en cierta forma vemos en otros pueblos europeos, como el italiano o el alemán), sino un Estado que busca crear una nación, dado que el Estado español, la Corona española, preexiste a una nación española, que precisamente se inventa en ese momento, en base a una serie de criterios homogeneizadores basados en la lengua y cultura castellanas, que serán impuestas a todo el Estado. Así, el hecho de que España sea un Estado centralizado desde la llegada de los Borbones en el siglo XVIII, es el punto de anclaje que el liberalismo decimonónico emplea para crear una idea de nación española artificial, basándose indebidamente en el modelo jacobino francés. Poco importaba que gran parte de los habitantes del territorio español hablasen lenguas o tuviesen culturas distintas a la castellana, se trataba de crear españoles, empleando sobre todo la educación, el instrumento básico de cualquier nacionalismo.

Sin embargo, para entender el problema de la falsa construcción de la nación española unitaria, es preciso irse al principio, hasta el mismo concepto de la palabra “España”. Éste vocablo deriva directamente del nombre latino que dieron los romanos a la península ibérica, “Hispania”, el cual designaba un concepto geográfico que equivalía al territorio de dicha península (incluyendo, por supuesto, a Portugal, siempre tan olvidada por el nacionalismo español, para mejor acomodo de su relato).

Hispania nunca fue una unidad política, dado que previamente a la conquista romana se componía de diversas tribus y culturas (unas de cultura céltica e indoeuropea en el norte, centro y oeste; otras de cultura íbera en el sur y levante). Tampoco lo fue tras la conquista romana, dado que el territorio se vio dividido en tres provincias: Tarraconense, Betica y Lusitania, a las cuales se añadieron tres más en el Bajo Imperio: Gallaecia, Cartaginensis y Balearica.

Tras el final del Imperio romano y las invasiones germánicas, será el pueblo visigodo el que a finales del siglo VI logre establecer un dominio en la mayoría de la península. Pero en cambio, esto tampoco puede considerarse como el inicio de una España unida, primero porque el concepto de Estado no existía en esos momentos, y segundo porque el reino visigodo nunca fue capaz de abarcar definitivamente toda la península, ni siquiera tras expulsar a los bizantinos de levante y a los suevos del noroeste, con los vascones y cántabros desafiando constantemente el poder de la monarquía visigoda de Toledo.

De hecho, la veloz conquista por los musulmanes de toda Hispania entre 711 y 714 no hace sino poner de manifiesto la fragilidad de la “unidad” peninsular en manos visigodas.

A partir de entonces, pasamos a una nueva etapa, de dominio del Califato musulmán de Córdoba, que tampoco logra unificar toda la península, pues inmediatamente antes surgen los primeros reinos cristianos en el norte. Sin embargo, resulta curioso cómo el Califato musulmán nunca ha sido visto por parte del nacionalismo español como un nuevo tipo de unidad peninsular, dado que para dicho nacionalismo España era y debe seguir siendo cristiana y católica, rechazando la visión de unidad “nacional” con el islam, que sí proclaman en el caso del reino visigodo. Con esto, vemos que la interpretación que tiene el nacionalismo español de su propia historia se aleja de criterios científicos para adentrarse en los legendarios.

Entre los siglos VIII y XI, pues, nacen y se expanden los reinos cristianos del norte: el astur y luego de León, del cual nacerán Castilla, Galicia y Portugal; el de Navarra, del cual nacerá Aragón; y los condados catalanes. Estas son precisamente las proto-naciones peninsulares que compondrán los diferentes reinos como primitivas monarquías feudales, y que contarán, cada una de ellas, con una lengua, una legislación y una cultura propias. Serán, por tanto, las primitivas naciones que emergerán en el solar de la antigua Hispania y que preexisten a la creación artificial del Estado-nación español en el siglo XIX. Es precisamente en estos primitivos reinos, sobre todo en Asturias, cuando la historiografía española del XIX, buscadora de justificar un origen mítico, hace nacer la nación española, originaria del primitivo reino asturleonés (el mito de Pelayo y Covadonga), y posteriormente, de Castilla, la que falsamente será tomada posteriormente como modelo de todo “lo español”: lengua, cultura, e historia. Además se buscará hacer al reino astur descendiente de la destruida monarquía visigoda para buscar una legitimidad histórica, lo cual llevará a los posteriores historiadores a llamar al proceso de avance hacia el sur como “Reconquista”, término que resulta inexacto: dado que ni había España que recuperar, ni los “reconquistadores” pueden considerase sucesores de los visigodos, más que en su propagandístico intento de legitimidad previa.

Pero, y volviendo a la realidad histórica, lo cierto es que, tras el proceso histórico mal-llamado comúnmente “Reconquista”, que se desarrollará con la expansión de los reinos cristianos en el sur peninsular entre los siglos XI y XIII, tras la disolución Califato islámico cordobés (desde finales del XIII únicamente restará un pequeño reino musulmán en la península, Granada, conquistado finalmente en 1492), se van a consolidar finalmente una serie de Estados en la península:

-La Corona de Castilla, o de Castilla y de León: nacida de la unión dinástica en un mismo rey de las Coronas castellana y leonesa en 1230. Constaba de los siguientes reinos: reino de Castilla (que incluía el señorío de Vizcaya), reino de Toledo (que incluía la parte oriental de Extremadura), reino de León (que incluía el principado de Asturias y la parte occidental de Extremadura), y reino Galicia, así como los reinos andaluces (Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada –éste último incorporado, en 1492-). A esta Corona se adscribirán además los inmensos territorios conquistados en el siglo XVI en América. Todos estos reinos, aunque con sus instituciones propias, se irán centralizando poco a poco por decisión de los monarcas. En 1348, con Alfonso XI se crean los Ordenamientos de Alcalá, legislación unitaria para todos los reinos que van perdiendo poco a poco gran parte de su autonomía, irónicamente derivadas de la legislación leonesa, heredera de la visigoda, a su vez heredera de la romana. El castellano comenzará a imponerse sobre el resto de lenguas, como el asturleonés, el gallego, el euskera, o las lenguas mozárabes de los reinos andaluces. Las Cortes (originadas en el reino de León en 1188) de los distintos reinos comenzarán a reunirse de forma conjunta desde el siglo XIV, y se verán cada vez más limitadas frente al crecimiento del poder real, que avanza hacia la monarquía autoritaria.

-La Corona de Aragón, o catalano-aragonesa: nacida de la unión dinástica entre la reina de Aragón Petronila y el conde catalán Ramón Berenguer IV en 1150 (sus herederos serán desde entonces reyes de Aragón y condes de Barcelona al mismo tiempo). Tras su expansión a finales del siglo XIII contarán con: reino de Aragón, condado de Barcelona, reino de Valencia, y reino de Mallorca, además de las extrapeninsulares (italianas), incorporadas a esta Corona en los siglos XIV y XV: Cerdeña, Sicilia y Nápoles. La diferencia con la Corona de Castilla estribará en que tanto Aragón, como Cataluña, como Valencia, contarán con sus instituciones propias (Diputación del Común, Generalitat…) e incluso sus propias Cortes para cada uno de los territorios, aunque en ocasiones se reuniesen en conjunto. El gran poder político de estas Cortes e instituciones propias impidió el excesivo poder del rey, y el control de la imposición de impuestos. Así, contrariamente al modelo de la Corona de Castilla, estamos ante un modelo de poder pactista entre las instituciones y el poder real.

-El reino de Navarra: ocupaba un territorio a ambos lados de los Pirineos. La parte peninsular (baja Navarra) será incorporada por Fernando el Católico en 1512 a la Corona de Castilla, respetando sus fueros e instituciones propias.

-El reino de Portugal, independiente del reino de León desde 1126. Los Reyes Católicos no pudieron unirlo a su Corona por fracasar sus enlaces matrimoniales.

Hay que tener en cuenta, asimismo, que los conceptos de Corona de Castilla y Corona de Aragón son abreviaturas empleadas por los historiadores para evitar tener que mencionar toda la retahíla de reinos subsiguiente en manos de un mismo señor.

Así, vemos que aparecen entonces todas y cada una de las distintas nacionalidades que componen el Estado español en la actualidad. En cualquier caso, no existiendo un Estado español ni una nación española, sí que existía en la Edad Media una identidad para diferenciar a los habitantes peninsulares del resto (se habla de “españoles” o de “hispani”), pero en ningún caso esto implicaba contenido político. Y además, dicho concepto diferenciador provenía frecuentemente del gentilicio que otorgaban los reinos vecinos extrapeninsulares. Así, hoy en día seguimos empleando gentilicios derivados de conceptos geográficos, por ejemplo Sudamérica y sudamericano, o Europa y europeo, y no existe estado o nación sudamericano o europeo.

Tampoco es cierto el falso mito de la creación de la nación española con los Reyes Católicos. El matrimonio en 1469 entre la heredera al trono de la Corona de Castilla (Isabel), y el heredero al trono de la Corona de Aragón (Fernando), consolidó la unión dinástica entre los dos Estados más poderosos de la península. Sin embargo, esto en ningún caso conformó la creación de un único Estado ni de una nación española (ni se pretendió con el matrimonio de ambos), pues ambos solo eran reyes en sus respectivos reinos, como se vio claramente a la muerte de Isabel en 1504: la Corona de Castilla sería heredada por su hija Juana la Loca y Felipe el Hermoso, mientras Fernando tendría que volver a Aragón. De hecho, de haber tenido un nuevo hijo con Germana de Foix, Castilla y Aragón se habría visto nuevamente separadas.

Finalmente, desde 1516, Carlos I de Habsburgo, (hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso) heredará tanto la Corona de Castilla como la de Aragón (herencia de sus abuelos maternos, los Reyes Católicos), y pasó a ser soberano también en Flandes, Países Bajos y Borgoña (herencia de su padre Felipe el Hermoso), y de Austria (herencia de su abuelo paterno), además de su elección en 1519 como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, como Carlos V. Una gigantesca herencia de territorios peninsulares y extrapeninsulares. Tampoco nace entonces una España nacional, menos aún en manos de un rey que al llegar no hablaba castellano ni ningún otro idioma peninsular, y considerado tan extranjero (nacido y criado en Gante), que provocó dos sublevaciones en su contra por parte de sus súbditos hispánicos: las Comunidades, en los reinos de la Corona de Castilla, y Las Germanías, en los de Aragón, cuyo fracaso, además, consolidó el poder autoritario del monarca y el declive de las Cortes. Si exceptuamos sus últimos años y su retiro en Yuste, Carlos I apenas pasó 18 años de los 40 que duró su reinado en la península. Dados los problemas con las Cortes aragonesas para conseguir dinero, fue la Corona de Castilla la que costeó sus carísimas guerras contra los protestantes alemanes. Estas guerras, de hecho, nada tenían que ver con cuestiones de identidad nacional española (ni alemana), sino con los intereses de esa monarquía universal de los Habsburgo. Sin embargo, tras el fracaso de este proyecto de Imperio universal cristiano debido a la consumación de la división religiosa de Alemania (paz de Augsburgo, 1555), Carlos abdica el Imperio Germánico en su hermano Fernando, mientras su hijo Felipe II recibe el resto de su herencia, liderada por los reinos hispánicos.

Éste consigue añadir a sus posesiones la corona Portuguesa (1580), confirmando por primera vez en muchos siglos la unidad peninsular. No un Estado ni una nación, sino un mismo monarca para todos los reinos peninsulares, apuntalando la hegemonía de la Monarquía Hispánica en Europa con sus posesiones europeas.

De esta forma, la Monarquía Hispánica de Felipe II y sus sucesores Habsburgo se constituyó como una unión de distintas entidades políticas territoriales, no solo de la península ibérica, sino también de Europa (Países Bajos, Flandes, Borgoña y Franco Condado, Milán, Nápoles, Sicilia y Cerdeña) y fuera de Europa (conquistas americanas por la Corona de Castilla, Filipinas…), teniendo así un carácter supranacional, pero en la que no había unidad jurisdiccional, y por tanto, el monarca tenía que respetar las distintas leyes de sus respectivos territorios. La Monarquía Católica o Hispánica quedó fundamentada pues, en su carácter confesional, supranacional, y en la que la Corona de Castilla, como ubicación de la corte (Madrid) y facilidad de extraer impuestos ante unas Cortes doblegadas, fue el elemento central y primordial. Es decir, con esto no se buscaba la creación de una nación española, sino todo lo contrario: era una confederación de distintos territorios (y naciones) tanto peninsulares como algunas europeos, con un monarca común.

La denominación de todo este territorio simplemente como “Imperio español”, no deja de ser sino otra tergiversación del nacionalismo español. Los territorios “en los que no se ponía el sol” de Felipe II y sus sucesores no son sino los dominios territoriales personales de dichos monarcas. Los territorios eran del rey, por tanto se debe de hablar de un Imperio de los Habsburgo españoles. De la misma forma, los territorios americanos eran posesión personal del monarca, aunque adscritos a la Corona de Castilla (“rex hispanorum et indiarum”, rey de las Españas –en genitivo plural- y de las Indias).

El primer gran fracaso de un proyecto centralista español será el intento de Felipe IV y de su valido el conde-Duque de Olivares por uniformizar la estructura confederal de la monarquía y hacer que los territorios de la Corona de Aragón pagasen más impuestos para sostener sus ejércitos en guerra contra los protestantes en Europa (Guerra de los 30 años). Este proyecto fracasará estrepitosamente por la fuerte oposición de estos territorios, produciendo varios levantamientos territoriales en 1640, los más importantes, en Cataluña y en Portugal. En ambos casos, la sublevación no se hace para “separarse de España”, pues jurídicamente ésta no existía, sino para dejar de ser gobernados por Felipe IV de Habsburgo.

En el caso catalán, tras nombrar conde al rey Luis XIII de Francia y guerrear durante años contra Felipe IV, volverían a reintegrarse en la Monarquía Hispánica, cuando éste juró respetar sus fueros (1652), dándose cuenta los catalanes de que el centralismo francés era aún peor. Portugal en cambio verá reconocida su independencia definitivamente en 1668.

La paz europea de Westfalia (1648) y de los Pirineos entre Francia y España (1659) supondrá el fin de la hegemonía hispánica, en favor de la Francia absolutista de Luis XIV. Desde entonces, se van construyendo diversos Estados nacionales europeos. Así, el final del reinado de Felipe IV y el de Carlos II no verían más problemas territoriales, teniendo que respetar el sistema confederal de la Monarquía Hispánica, pero con unos Estados en plena crisis política, económica y social.

Así, como conclusión final de esta etapa, hay que destacar que los Habsburgo nunca se preocuparon por establecer un concepto de nación, ni por crear una nación española, sino que subordinaron los intereses de los distintos pueblos peninsulares a sus intereses dinásticos, anclados en la búsqueda de la hegemonía continental, proyecto que, como vemos, también terminó fracasando: ni se pudo conservar dicha hegemonía desde mediados del siglo XVII, ni se crearon las bases para una nación española posterior.

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